Entrevista a Umberto Eco.

Los recuerdos de mi generación

Imagínese que se despierta una mañana y descubre que ha perdido la memoria. Que ya no sabe quién es, cómo se llama, con quién está casado (si lo está) ni quiénes son sus padres.

Es lo que le ocurre a Yambo, el protagonista de la nueva novela de Umberto Eco, La misteriosa llama de la reina Loana. Víctima de un ictus, se acuerda de quién era Napoleón, se acuerda de Waterloo, se acuerda de cómo se conduce un coche y de cómo se lava uno los dientes, pero ya no se acuerda de quién es.

Ha conservado la memoria semántica (la de Napoleón) y la memoria automática (la del cepillo y la pasta de dientes), pero ha perdido la memoria episódica o autobiográfica, la memoria de sí mismo y de sus sentimientos, la propia historia.

Es un anti-Proust. Cuando mira hacia atrás, ve una tabla rasa, una densa niebla en el valle del Po y los agrestes montes, que diría Carducci (hay toda una variación sobre el tema de la niebla, que constituye una especie de pilar meteorológico de la novela).

La razón de que a principios del tercer milenio Umberto Eco haya decidido escribir una novela sobre un hombre que ha perdido la memoria puede resultar premonitorio si se tiene en cuenta que en Italia ya no recordamos cómo se llamaban exactamente Rómulo y Remo. Esa sería la razón, digamos que formal, que es cierta, pero con eso no basta.

Cuando escribió El nombre de la rosa, el profesor respondió así a la pregunta de por qué lo había hecho: «Porque a los cincuenta años o te fugas con una bailarina o escribes un best seller».

Ahora, si se le preguntara por qué ha escrito La misteriosa llama de la reina Loana, podría contestar con el mismo gusto por la boutade: «Porque a los setenta años me he dado cuenta de que odio a Asor Rosa». Sería una respuesta cierta a medias, como trataremos de explicar seguidamente.

Tras explorar varios géneros en sus novelas anteriores, desde el thriller gótico hasta la novela de aventuras, el profesor tenía ganas de medirse con el género de las memorias.

Hace un par de años, mientras le daba vueltas a la idea, Eco fue invitado a presentar L’alba di un mondo nuovo, la novela autobiográfica de Alberto Asor Rosa, coetáneo suyo y también profesor. Eco convirtió la presentación en un espectáculo a partir del íncipit de su discurso («Odio este libro»), que con razón hizo palidecer al autor, sentado a su lado.

Había razones para temer lo peor (la urbanidad literaria exige que el presentador no arremeta contra el presentado). Luego Eco se explicó. Dijo que el desgraciado de Asor Rosa había contado lo mismo que habría querido contar él: la infancia, la educación, la Italia de los años treinta y cuarenta, el fascismo, la guerra, la resistencia... «Odio este libro porque ha hecho muy bien algo que también habría querido hacer yo.» A continuación miró a Asor Rosa a los ojos y añadió: «Pero te prometo que lo haré».

COMEDIA DE SITUACIÓN. Lo prometía por prometer. Como todos los primeros de la clase, Eco no soporta que se le adelanten. Le molestaba la existencia de un modelo previo. Una tarde, sentado en un bar, cuando ya estaba a punto de renunciar a la escritura de su libro de recuerdos, en vez de atender a lo que le decía un amigo el profesor se puso a pensar.

Esta escena es un clásico en la vida de Eco, y se ha repetido muchas veces, incluso en su casa. Una escena de comedia de situación cuya secuencia es más o menos la siguiente: Eco está sentado por la tarde en su salón, viendo la tele con su mujer. En un momento dado, ésta, Renate, le pregunta algo sobre el programa que están emitiendo.
Renate (mirando la pantalla): ¿Por qué lleva una chaqueta así?
Eco (con aire de recién caído del cielo): ¿Chaqueta? ¿Qué chaqueta?
Renate (girándose hacia su marido): Pero ¿qué estabas mirando? ¿Dónde tenías la cabeza? ¡Me pones negra! ¿Qué estabas haciendo?
Eco: ¿Cómo que qué estaba haciendo? Pensando. Soy un pensador, y tengo que trabajar, ¿no? Vaya, que pienso en mis cosas y no miro.

Y SE RIÓ, EL INFAME. Por la tarde, en el bar, pensando en sus cosas y en el desgraciado de Asor Rosa, que se le había adelantado, Eco, sordo a las palabras de su acompañante y amigo, solucionó el problema. No escribiría su autobiografía, sino la historia de un hombre que pierde la memoria y que la reconstruye.

Mientras miraba fijamente a su amigo, y le veía hablar, pensó: «Así ya no será una autobiografía; así me distancio y no me implico, porque le doy al protagonista todos mis recuerdos, obviamente, pero no soy yo, es un desgraciado que nunca ha escrito ni una línea, que no se interesa por la política, que a diferencia de mí tuvo un trauma infantil, que se enamoró de una chica en el colegio (como todo el mundo, yo ahí no pinto nada)… Además, si de repente va y se hace una paja pensando en Josephine Baker, que quede claro que se la hace él, no me la he hecho yo...».

En ese momento se dibujó una sonrisa en la cara de Eco, y también en la de su amigo, que acababa de contar una anécdota que le parecía divertida. De hecho, Eco se rió. La novela también da para sonrisas, porque en toda la primera parte Eco juega al gato y al ratón con Giambattista Bodoni, alias Yambo, el protagonista. Hay una escena donde Yambo le hace pudorosos avances a su mujer Paola para acordarse de cómo se hace el amor, y ella, preocupada por su salud, le rechaza con un chiste: «Aún estás delicado. Además, por nada del mundo estoy dispuesta a que hagas el amor con una mujer justo después de conocerla». Más tarde, cuando acepta, Paola subraya humorísticamente la situación: «¡Dios mío! ¡A los sesenta años me toca quitarle la virginidad a mi marido!».

Pero ni siquiera el deber (y placer) conyugal cura la amnesia de Yambo, que se traslada a la casa familiar de Solara, entre Monferrato y Langhe, para recuperar la memoria. Ahí, en un desván enorme y laberíntico, escenario de la segunda parte de la novela, se pasa días y días hojeando los tebeos y cuentos que leía en su infancia, los periódicos y libros de su abuelo y el misal de su madre.

Escuchando los discos de la época («No olvides mis palabras, niña mía, tú no sabes lo que es el amor», «Pero el amor no, mi amor no puede llevárselo el viento, con las rosas») e intentando acordarse del sabor de los litines.

Eco se ha pasado dos años visitando puestos callejeros, mercadillos, ropavejeros, coleccionistas y páginas nostálgicas de internet, donde ha vuelto a comprar su pasado. Ahora tiene en su casa un pequeño museo de su niñez y adolescencia: estanterías y vitrinas llenas de álbumes de Topolino, Flash Gordon y Cino e Franco, números de Novella y de las elegantes revistas francesas art déco que leía su madre, abecedarios y manuales del Eco colegial, la saga de Sandokán, antiguos paquetes de Macedonia Extra (la marca de cigarrillos que fumaba su padre), la edición de 1905 del diccionario Nuovissimo Melzi, con su tabla de suplicios —catálogo de torturas que el pequeño Eco contemplaba durante horas con una mezcla de fascinación y horror—, pequeños calendarios perfumados de barbero (predecesores de los calendarios Pirelli con Naomi Campbell), el bote de hojalata del agua de Vichy, la partitura de Pippo non lo sa, el vídeo de la película Vorrei volare, el folleto propagandístico fascista en que un negro abraza lascivamente a la Venus de Milo, papelitos de Perugina… Muchas de esas imágenes han acabado en La misteriosa llama de la reina Loana, que es un libro ilustrado (detalle de interés mucho más que ornamental), como los que Eco leía de niño.

Un trabajo enorme, un trabajo arriesgado y absorbente. Un día el profesor tuvo que interrumpirlo al darse cuenta de que vivía en una especie de autismo. Siempre le ha gustado cantar, y él y sus amigos Gianni Coscia (al acordeón) y Mario Andreose se han pasado muchas noches entonando canciones de los años veinte, himnos religiosos (de Bella tu sei qual sole a Bianco padre) y, ya de madrugada, éxitos fascistas, empezando por Giovinezza, pero siempre lo había hecho acompañado. En cambio ahora se sorprendía tarareando solo el himno de los submarinistas y «Bambina innamorata, stanotte ti ho sognata sul cuore addormentata e sorridevi tu».

DIARIO DE UN ESQUIZOFRÉNICO. Umberto Eco ha prestado su memoria al desmemoriado Yambo, pero en algunos aspectos éste es un regalo envenenado, ya que su memoria, y la de su generación, es una memoria esquizofrénica, fruto de una educación esquizofrénica.

Por un lado, como todos los niños de su edad, Eco escribía redacciones propias de un perfecto y sincero balilla (así se llamaban los miembros de la organización infantil fascista), un balilla de manual y carabina: «Siempre me ha atormentado esta idea: de mayor seré soldado, y ahora que la radio me informa de los actos infinitos de coraje, heroísmo y abnegación de nuestros valientes soldados, este mi deseo se ha encadenado aún más a mi corazón, y no habrá fuerza humana capaz de erradicarlo».

Los mismos niños dispuestos a sacrificar la vida por la patria fascista descubrían a la vez el valor de la libertad en los tebeos de Flash Gordon, el enemigo de Ming, dictador cruel y despiadado del planeta Mongo. Por un lado leían la novela Piccoli martiri, de Domenico Pilla, en que dos jóvenes devotos son sometidos a las más horrendas crueldades por una secta de masones anticlericales, adeptos de Satanás, y por el otro sentían una atracción secreta hacia las mallas rojas que ceñían («de modo casi homoerótico», se lee en la novela) el cuerpo atlético del Hombre Enmascarado, aquel forajido del bien por quien perdía la cabeza la espléndida Diana Palmer («que había llegado a besarle en alguna ocasión, percibiendo con un escalofrío su musculatura de héroe bajo el envoltorio de tela», se lee también en la novela).

Es la educación esquizofrénica de alguien que se exalta con «La canción de los submarinos» (el «Yellow Submarine» de la época: «¡Silenciosos e invisibles parten los submarinos!») y la canción que celebra la batalla de Jarabub («Coronel, no quiero pan, dame plomo para mi fusil») y pasa, sin solución de continuidad, a la caída de la ilusión marcial simbolizada por la imagen melancólica de una puta llamada Lili Marleen y de un farol encendido en la niebla («Todas las noches te esperaba, debajo del farol, junto al cuartel»).

Alguien que pasa de un duce que se desgañita en el balcón de Piazza Venezia bramando «Vincere e vinceremo», para delirio y deliquio de una multitud enloquecida, a las imágenes más hermosas y desgarradoras del nuevo libro de Eco: la familia reunida a última hora en la cocina, alrededor de la radio Phonola (que el profesor, en su búsqueda del tiempo perdido, también ha vuelto a comprar), esperando —tras los himnos de gloria y desquite con que se despedía beligerantemente la emisión— el último acto, la voz afligida de una mujer cantando: «Volverás conmigo porque en el cielo escrito está que volverás».

En su versión original, «Tornerai» era una canción de amor preciosa, con un texto muy distinto: «Volverás conmigo porque eres el único sueño de mi corazón». En la novela, prestando su recuerdo a Yambo, Eco escribe: «Lo que oía cantar aquellas noches era, pues, una versión de tiempos de guerra, que en muchos corazones debía de sonar como una promesa o un llamamiento a una persona lejana que en ese mismo instante quizá se congelaba en una estepa o comparecía ante el pelotón de fusilamiento».

Esta es la cadencia de fondo de La misteriosa llama de la reina Loana, una cadencia de engaño, en que una canción de amor se convierte en el canto de una probable viuda de guerra. El yo de la generación de Eco es un yo dividido que no logra encontrar su unidad. De hecho, Yambo, perdido en su inmenso desván, no logra reconstruir su memoria ni hacer que reviva, a pesar de ese estudio loco y desesperado que le sube la presión y le hace sufrir otra apoplejía, final de la segunda parte del libro.

Para no adelantar acontecimientos, nos vemos obligados a sobrevolar la última parte de la novela; solo podemos decir que Yambo logrará acordarse de su vida, pero que pagará por ello un precio altísimo, y que el desenlace será digno de un espectáculo de Broadway. Como escena final, Eco presenta un espectáculo de Ziegfeld Follies, con la escalera de Un americano en París en el centro, con la diferencia de que en vez de Georges Guétary cantando «That’s my stairway to Paradise» tenemos al mago Mandrake marcándose unos pasos de claqué con san Juan Bosco. Un gran final que recuerda los de las películas de Fellini (quien soñaba con dirigir una película con Marcello Mastroianni en el papel de Mandrake).

Antes de ese broche musical queda espacio para un cuento de guerra lleno de crueldad. Entre todos los recuerdos prestados a Yambo por el profesor, hay uno que no es personal. A Eco, en su día, le contaron un episodio de la Resistencia: un grupo de partisanos huyendo de noche, con un cirujano entre ellos. Los patriotas tienen prisioneros a cinco alemanes. El dilema es que no pueden soltarles, ya que desvelarían su posición a sus perseguidores, pero tampoco llevárselos, porque entorpecerían su huida. Finalmente el cirujano los degüella con el bisturí.

Este episodio verídico inspira a Eco algunas de las páginas más hermosas, convincentes y angustiosas del libro (permítasenos decir que ni Fenoglio, el novelista de la resistencia, había llegado a tanto), además de inspirarle un personaje fuera de serie, el del anarquista no violento, afable y pusilánime, que explica al niño Yambo la maldad del mundo, y que lleva un bisturí en un estuche colgado del cuello para cortárselo en caso de ser capturado.

LA CONCUBINA GEMMY. Se ha acabado la novela, pero la razón profunda que la inspira sigue siendo un secreto (aparte de Asor Rosa, la pasión por la nostalgia y la necesidad de refrescar la memoria a una Italia que parece haber olvidado su pasado). Para descubrir ese secreto hay que adentrarse en uno de los pasillos laberínticos de la casa de Eco y detenerse frente a un cuadro de Gianluigi Colin.

El cuadro reproduce a la manera del pop art americano una viñeta de un tebeo fascista aparecido en el Corriere dei Piccoli de diciembre de 1936: la aventura del heroico avanguardista Mario, que lucha en Abisinia contra el ras Aitú. En la viñeta elevada a cuadro se ve al heroico Mario saltando entre ramas de euforbio para huir de los sicarios del ras. No está solo. Lleva en su espalda a la bella y sensual Gemmy, una mujer blanca que antes de tomar partido por los Camisas Negras era la concubina de Aitú. Si a Eco se le pregunta por esta imagen, más vale sentarse, porque la explicación será larga. Gemmy, cuya pierna izquierda se destapa hasta la rodilla durante la fuga, es una figura fundamental de la biografía del profesor: «Es una imagen eidética, lo primero que me produjo excitación sexual a los seis años».

En la novela, Eco presta este recuerdo a Yambo, que al hojear ese número del Corrierino tiene un sobresalto y percibe «algo muy similar a una erección». Gemmy y la reina Loana del título, heroína de una historia de Cino e Franco (Jorge y Fernando en España), representan el descubrimiento del eterno femenino, el despertar del deseo, la misteriosa llama que siente arder el protagonista y que le sirve de guía en su reconstrucción de la memoria. En última instancia, la novela de Eco es una novela de amor.

El profesor ha prestado a Yambo otro de sus recuerdos, pero esta vez no es un recuerdo de papel, sino de carne y hueso. Mientras Gemmy —aferrada con sospechosa pasión al valiente Mario— salta de una euforbia a otra, Eco cuenta el verdadero móvil que le ha impulsado a escribir su autobiografía usando ilustraciones: «Siempre he hecho cuentas con el pasado.

En Año Nuevo llamaba por teléfono a todas mis ex novias para felicitarlas. Algunos de mis amigos babean espuma verde si se les recuerda la infancia o la adolescencia, pero yo estoy reconciliado con ellas, y siempre he intentado conservar las relaciones.

Ayer recibí una carta de mi profesora de primero de enseñanza media (citada en el libro), que me escribe: "Queridísimo Umberto, hoy he cumplido noventa años". Con mi maestra de primero de básica no puedo mantener la relación porque está muerta, pero lo haría con mucho gusto».

SU BEATRIZ. Véase hasta dónde puede llevar una frívola de tebeo como la reina Loana: «Para este libro he buscado y encontrado una serie de imágenes femeninas que me habían turbado: los bellísimos rostros de las portadas de Novella, los cuerpos de mujer de Averardo Ciriello para una revista porno de posguerra que antes de ser prohibida se llamaba 7Sette, y cuyo director rebautizó posteriormente como 8Otto... Compré dos números en una tenducha de Bolonia, y ahora, al verlos, tengo la impresión de leer la revista Jesus. Esas portadas que me habían turbado tanto son de una castidad absoluta. Como mucho se veía algo más que un tobillo».

El gran telón de papel formado por las mujeres de los tebeos, los tobillos desnudos de Ciriello, el topless de Clara Calamai en La cena delle beffe, el casco de plátanos que llevaba Josephine Baker como única prenda y todo el imaginario erótico de una generación cede el protagonismo a una joven cuya cara no se ve en toda la novela, pero que es su centro propulsor, motor inmóvil, origen y destino: la Beatriz de Umberto Eco. «Fue la chica de quien estuve platónicamente enamorado en mi adolescencia. No he vuelto a verla. De vez en cuando me decía algún compañero: "Está enferma".

Y yo decía: "Un día iré a verla y le diré: aunque nunca lo supieras, me pasé tres años escribiendo poesías para ti". Se murió hace dos años, a los setenta, y me sentó como un tiro. Ahora ya no se lo puedo decir.»

En ese momento, hasta el avanguardista Mario y Gemmy, con sus piernas al aire, se detienen en su fuga por las euforbias. Mario deja de cantar «Faccetta nera, bell’Abissina», como es probable que estuviera haciendo. Ha terminado la aventura.

«Hace tiempo —confiesa Eco— que daba vueltas a la idea de escribir un libro de recuerdos solo por el placer de volver a encontrarme con Pippo non lo sa y el planeta Mongo, Maramao perché sei morto y Fantomas, pero es posible que el verdadero impulso haya sido la noticia de la novia muerta.»

Y es como si alguien hubiera vuelto a encender la vieja radio Phonola, transmitiendo fuera de horario y de programación su canción de amor y muerte. Antonio d’Orrico

últimos especiales
Premios de la tele · Lo más visto · Lenceria · comics · Minijuegos · Bikinis · Ver más especiales